Finca en Jujuy

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En la localidad de Volcán, 35 kilómetros al norte de San Salvador de Jujuy, una antigua finca de más de 100 años fue convertida en la casa de fin de semana de Carlos Antoraz (56) y Susana Gronda (50). El, arquitecto, se encargó de darle nueva funcionalidad a cada sector. Parte del corral de las ovejas se transformó en living y en su dormitorio respetaron las ventanas pequeñas típicas de las construcciones nativas. La tarea de ella fue decorar los interiores.

Un arroyo en casa
El brazo de una vertiente natural fue desviado para que atravesara la casa. Pasa justo entre el living-comedor y el dormitorio. Allí, se forma un espacio que todavía no está terminado. Más adelante, los dueños piensan cerrar el lugar con techo de vidrio y grandes ventanales. La idea es que se convierta en galería de invierno.

La vinoteca
Como Carlos es fanático de los vinos, construyó una pequeña bodega en el subsuelo del comedor. El estilo rústico domina la construcción. Las paredes son en piedra y las estanterías donde descansan los vinos, de madera. Para la iluminación prefirieron luz de velas. El techo es de durmientes de ferrocarril. Por encima hay medio metro de tierra, que sirve para mantener la temperatura constante.

Piedras y cerros
El lugar donde está situada la casa es espectacular. Los cerros son un marco imponente. Para las refacciones se usaron piedras de la zona. Las terminaciones están hechas en madera de pino criollo. Los techos son de paja y de totora, tal como los usaban los lugareños. Carlos y Susana tardaron tres años en dejar lista la casa que ahora disfrutan cada fin de semana que tienen libre.

Un living-comedor rústico
Para dar mayor calidez se optó por un techo de madera de pino. El piso es de cemento alisado. Las antiguas hornacinas de la casa (huecos en las paredes donde se guardaban los utensilios) fueron conservadas intactas y reutilizadas como estanterías.

Dulces sueños
En el dormitorio, dos catres de tiento del siglo XIX son los protagonistas. A los pies, dos pozuelos o petacas (baúles de cuero de vaca) sirven como complemento al armario. La cortina de la ventana es un aguayo (tejido peruano) que se engancha en la pared. La mesita de luz es artesanal y la construyó el mismo Carlos: toda en piedra.

Detalles con color
Un detalle agradable es la ventana fija del living, con estantes de vidrio. Allí botellas y vasijas de colores aportan luz y vida al ambiente.

Con laguna propia
Para que el agua del arroyo que atraviesa la casa no se pierda, se armó un estanque artificial con truchas. En verano, los más valientes se animan a nadar en el agua fría de deshielo.

Para el asadito
El espacio donde está la parrilla y el quincho era parte de un corral. Allí se levantó una pared para contener los vientos y una pérgola con palos sirve de techo. El diseño redondo de la parrilla le da el toque moderno.

Orgánico y natural
En el baño se dejaron las cañerías a la vista. Todos los elementos decorativos son rústicos, tanto la bacha como la base del lavatorio son de piedra. Para colgar las toallas, se utilizaron algunas ramas. En el piso hay detalles con azulejos de colores.

“VIVIR COMO 100 AÑOS ATRAS”
Visitar la casa de Carlos y Susana es un placer: el paisaje es precioso y la arquitectura es sencilla pero a la vez espectacular. “Para nosotros poner esta casa en funcionamiento fue todo un desafío, asegura el arquitecto Carlos Antoraz. La idea fue refaccionar viviendas que no son patrimonios históricos ni tampoco monumentos. Nos propusimos recuperar lo cotidiano, el espíritu con que vivían los pastores de los cerros hace más de 100 años”. Y lo lograron. No sólo el diseño es típico del lugar sino que también rescataron las costumbres de aquellos tiempos: las comidas, las plantas medicinales, el respeto por las leyendas y también los animales (en los alrededores viven cerca de 400 llamas en estado casi salvaje). Un detalle fue que para la construcción se trabajó con gente de la zona. “Una vez encontré a los chicos que nos ayudaban tratando de tapar una rajadura que se había hecho en la pared del dormitorio. El arreglo (introducir pequeñas piedritas en la abertura) fue casi una obra de arte y les pedí que la dejaran así”, cuenta orgulloso Carlos. “Venir a Volcán es casi un vicio”, confiesa emocionada Susana. “Me da paz y lo disfruto tanto que muchas veces dejo de ir a fiestas y reuniones por quedarme. Acá hay una magia especial”.
Texto: S. Ocampo.
Enviados a San Salvador de Jujuy.
fuente: parati.com.ar


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En la localidad de Volcán, 35 kilómetros al norte de San Salvador de Jujuy, una antigua finca de más de 100 años fue convertida en la casa de fin de semana de Carlos Antoraz (56) y Susana Gronda (50). El, arquitecto, se encargó de darle nueva funcionalidad a cada sector. Parte del corral de las ovejas se transformó en living y en su dormitorio respetaron las ventanas pequeñas típicas de las construcciones nativas. La tarea de ella fue decorar los interiores.

Un arroyo en casa
El brazo de una vertiente natural fue desviado para que atravesara la casa. Pasa justo entre el living-comedor y el dormitorio. Allí, se forma un espacio que todavía no está terminado. Más adelante, los dueños piensan cerrar el lugar con techo de vidrio y grandes ventanales. La idea es que se convierta en galería de invierno.

La vinoteca
Como Carlos es fanático de los vinos, construyó una pequeña bodega en el subsuelo del comedor. El estilo rústico domina la construcción. Las paredes son en piedra y las estanterías donde descansan los vinos, de madera. Para la iluminación prefirieron luz de velas. El techo es de durmientes de ferrocarril. Por encima hay medio metro de tierra, que sirve para mantener la temperatura constante.

Piedras y cerros
El lugar donde está situada la casa es espectacular. Los cerros son un marco imponente. Para las refacciones se usaron piedras de la zona. Las terminaciones están hechas en madera de pino criollo. Los techos son de paja y de totora, tal como los usaban los lugareños. Carlos y Susana tardaron tres años en dejar lista la casa que ahora disfrutan cada fin de semana que tienen libre.

Un living-comedor rústico
Para dar mayor calidez se optó por un techo de madera de pino. El piso es de cemento alisado. Las antiguas hornacinas de la casa (huecos en las paredes donde se guardaban los utensilios) fueron conservadas intactas y reutilizadas como estanterías.

Dulces sueños
En el dormitorio, dos catres de tiento del siglo XIX son los protagonistas. A los pies, dos pozuelos o petacas (baúles de cuero de vaca) sirven como complemento al armario. La cortina de la ventana es un aguayo (tejido peruano) que se engancha en la pared. La mesita de luz es artesanal y la construyó el mismo Carlos: toda en piedra.

Detalles con color
Un detalle agradable es la ventana fija del living, con estantes de vidrio. Allí botellas y vasijas de colores aportan luz y vida al ambiente.

Con laguna propia
Para que el agua del arroyo que atraviesa la casa no se pierda, se armó un estanque artificial con truchas. En verano, los más valientes se animan a nadar en el agua fría de deshielo.

Para el asadito
El espacio donde está la parrilla y el quincho era parte de un corral. Allí se levantó una pared para contener los vientos y una pérgola con palos sirve de techo. El diseño redondo de la parrilla le da el toque moderno.

Orgánico y natural
En el baño se dejaron las cañerías a la vista. Todos los elementos decorativos son rústicos, tanto la bacha como la base del lavatorio son de piedra. Para colgar las toallas, se utilizaron algunas ramas. En el piso hay detalles con azulejos de colores.

“VIVIR COMO 100 AÑOS ATRAS”
Visitar la casa de Carlos y Susana es un placer: el paisaje es precioso y la arquitectura es sencilla pero a la vez espectacular. “Para nosotros poner esta casa en funcionamiento fue todo un desafío, asegura el arquitecto Carlos Antoraz. La idea fue refaccionar viviendas que no son patrimonios históricos ni tampoco monumentos. Nos propusimos recuperar lo cotidiano, el espíritu con que vivían los pastores de los cerros hace más de 100 años”. Y lo lograron. No sólo el diseño es típico del lugar sino que también rescataron las costumbres de aquellos tiempos: las comidas, las plantas medicinales, el respeto por las leyendas y también los animales (en los alrededores viven cerca de 400 llamas en estado casi salvaje). Un detalle fue que para la construcción se trabajó con gente de la zona. “Una vez encontré a los chicos que nos ayudaban tratando de tapar una rajadura que se había hecho en la pared del dormitorio. El arreglo (introducir pequeñas piedritas en la abertura) fue casi una obra de arte y les pedí que la dejaran así”, cuenta orgulloso Carlos. “Venir a Volcán es casi un vicio”, confiesa emocionada Susana. “Me da paz y lo disfruto tanto que muchas veces dejo de ir a fiestas y reuniones por quedarme. Acá hay una magia especial”.
Texto: S. Ocampo.
Enviados a San Salvador de Jujuy.
fuente: parati.com.ar


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