DEPRESION consejos para mujeres

Frente a la angustia causada por un divorcio, la pérdida del trabajo o cualquier otra crisis personal, la psicoterapia y los antidepresivos no serían hoy la única solución. Una nueva tendencia, que se impuso en los Estados Unidos y Europa, sostiene que la filosofía práctica puede ser una alternativa válida para superar los malos momentos. El puntapié inicial lo dio el libro –ya best seller– Más Platón y menos Prozac. Aquí, las claves para adaptar el pensamiento filosófico a la vida cotidiana.

Qué tiene que ver Sócrates con la solución de un conflicto laboral o la pelea por un ascenso? ¿O Leibnitz mmmmm con una crisis de pareja? ¿O Epicuro con una pelea entre un adolescente y sus padres por un permiso para ir a bailar? “Mucho, muchísimo”, responden a coro los propulsores de lo que ha dado en llamarse filosofía práctica o filosofía existencial. Una especie de nueva disciplina para resolver conflictos, nacida en Alemania en los años ochenta, y que hoy cuenta con fanáticos (y opositores, para qué negarlo) en todas partes del mundo.

Según los primeros, las enseñanzas dejadas por los más grandes pensadores de todos los tiempos no sólo sirven para llenarse de polvo en los estantes de una biblioteca, sino que también pueden aplicarse a la resolución de conflictos cotidianos y hasta ofrecer una guía del buen vivir, de extraordinaria utilidad en los acelerados tiempos que corren.

Sobre todo teniendo en cuenta que, muchas veces, las respuestas que buscamos tanto para resolver los problemas de todos los días como para superar las grandes crisis de la vida parecen haberse escapado de sus lugares tradicionales. En efecto: ya no están dentro del confesionario de una iglesia, pero tampoco arriba del diván del psicoanalista, y menos aún adentro de un frasco de pastillas.

Frente a este estado de cosas, y conscientes de que la filosofía debía recuperar el lugar que alguna vez ocupó en la vida de los hombres, un grupo de especialistas europeos encabezados por Gerd Achenbach comenzó –a principios de los ochenta– a trabajar en el tema. Esto es, a considerar la posibilidad de que la filosofía volviera a ser, como lo fue en Grecia hace más de 2.500 años, algo útil para la gente común: un marco de referencia aplicable a las experiencias cotidianas.

En sólo diez años, la “movida filosófica” logró cruzar el Atlántico y llegar a los Estados Unidos, donde el experto Lou Marinoff (profesor de Filosofía en el City College de Nueva York y pionero de este movimiento en ese país) se dedicó a promover las ventajas de esta nueva propuesta y hasta escribió un libro sobre el tema: Más Platón y menos Prozac (Ediciones B), recién llegado a las librerías locales.

Semejante título (en una sociedad tan “pastillo-adicta” como la norteamericana) le puso los pelos de punta a más de uno y las críticas no tardaron en hacerse oír. Muchos psiquiatras calificaron a estos neo-socráticos de “peligrosos” y otros dijeron que sólo los animaba el interés económico, ya que para aplicar la filosofía a la práctica, conviene tener un “asesor filosófico”. Y si bien una hora de conversación con alguno de ellos no baja de los U$S 100 –menos que lo que cobra cualquier psicólogo de segunda línea en Nueva York–, lo cierto es que hasta ese momento muy pocos profesores de filosofía habían tenido un encuentro cercano con esta clase de billetes.

Otro grupo desestimó su trabajo tachándolos de “moda pasajera” (algo así como el último grito en materia de terapias), y hasta no faltó quien los acusara de haber reescrito la célebre frase de Descartes en su versión más miserable y mercantil: “Facturo, luego existo”.

Nobleza obliga, los nuevos defensores del aggiornamiento de la cultura griega tampoco se anduvieron con chiquitas a la hora de los agravios, y retrucaron que médicos, psicólogos y psiquiatras se oponían a sus propuestas por temor a perder su negocio millonario y en constante crecimiento. “Durante la década de los ochenta, los psiquiatras consideraban que uno de cada diez estadounidenses padecía una enfermedad mental.

En la década de los noventa, ya hablaban de uno cada dos. Pronto toda la población estará enferma, con la única aunque obvia excepción: los psiquiatras”, ironizaron. Pero más allá de toda la batería de críticas y descalificaciones hacia y desde esta nueva doctrina, lo cierto es que Marinoff (“una especie de Platón del Upper East Side”, según la prensa estadounidense) plantea en su texto una serie de críticas más que justificadas a esa concepción tan de moda hoy en día, según la cual todo lo que resulta difícil de comprender automáticamente se cataloga como “patológico” o recibe el nombre de síndrome. Y, obviamente, no todo lo que nos sucede tiene que ser visto bajo la lupa de la enfermedad ni necesariamente responde a un desequilibrio neuroquímico.

A veces se trata de otra cosa, y justamente por eso las soluciones tampoco pueden ser las mismas. “Ninguna pastilla hará que una persona se encuentre a sí misma, que alcance sus metas o que actúe como es debido. Y si la raíz de sus problemas es filosófica, no hallará nada en los estantes de la farmacia que le proporcione alivio duradero”, advierte Marinoff. “Además, tener problemas es normal y la congoja emocional no constituye necesariamente una enfermedad”, explica. “Las personas que luchan por hallar una manera de comprender y manejarse en un mundo que cada día es más complejo no tienen por qué verse etiquetadas con un trastorno, cuando en realidad lo que están haciendo es avanzar por caminos consagrados a la búsqueda de una verdad más satisfactoria”.


Para llegar a esa meta, el profesor propone una estrategia novedosa en apariencia pero antigua en esencia, ya que no es otra cosa que una versión “siglo XXI” del diálogo socrático. La idea básica es encarar un determinado problema mediante una conversación en la que se considere el dilema en sí, los sentimientos que éste nos genera y los pros y los contras de cada posible solución, hasta llegar a la respuesta que nos satisfaga.

Este recorrido bien se puede hacer con un amigo o con un interlocutor más profesional que, en este caso, se denomina “consejero, consultor o asesor filosófico”. ¿Y qué hace un consejero de este tipo? “Mi trabajo consiste en ayudar a las personas a comprender con qué clase de problema se enfrentan y, mediante el diálogo, desenmarañar sus componentes e implicaciones”, detalla Marinoff. “Les ayudo a encontrar mejores soluciones: un enfoque filosófico compatible con su propio sistema de creencias y, al mismo tiempo, en consonancia con principios de sabiduría consagrados que contribuyen a llevar una vida más virtuosa y efectiva”.

Cualquiera sea el caso, la idea es que hablando con un amigo o con un experto en el tema, uno esté en condiciones de enfrentar con serenidad y sin “muletas químicas” ni dependencias de otro tipo los desafíos que la vida le plantea a cada paso. No en vano la eventual intervención de un consultor o consejero filosófico suele limitarse a un par de entrevistas, centradas sobre todo en un conflicto actual, porque “nadie puede cambiar el pasado. El asesoramiento filosófico parte de estas premisas con el ánimo de ayudar a las personas a desarrollar formas productivas de ver el mundo y, por consiguiente, a trazar un plan general de actuación en la vida cotidiana”.

Un camino de cinco pasos

Para lograr esto, los consejeros filosóficos trabajan en base a un proceso de cinco pasos denominado P.E.A.C.E (“paz”, en inglés), a través del cual –aseguran– se puede llegar a establecer cuál es la solución más adecuada para cada inconveniente que nos toque enfrentar. Conviene recordar, no obstante, que no se trata de un sistema infalible, sino más bien de otra manera de enfocar los conflictos. ¿Cómo? Mediante un proceso que, al margen de lo novedoso que pueda parecer, en realidad es un antiquísimo método de toma de decisiones. Estas son sus cinco etapas:

1- Problema: consiste en caracterizar –de la forma más breve y clara posible– cuál es el asunto que nos preocupa o angustia en cada ocasión. A primera vista parece súper sencillo, pero la cuestión no siempre es tan fácil porque muchas veces el verdadero problema no resulta evidente. Por eso, aconseja Marinoff, conviene tomarse todo el tiempo que sea necesario para identificar y poder expresar con palabras cuál es el interrogante a resolver.

2- Emociones: este segundo paso remite a los sentimientos generados a raíz de un determinado problema. ¿Bronca? ¿Tristeza? ¿Miedo? Todo debe ser tenido en cuenta y expresado, ya que el éxito final depende en gran medida de nuestra sinceridad en este punto.

3- Análisis: en este tercer paso, uno enumera todas y cada una de las opciones con las que cree contar frente a un problema, para después analizarlas a fondo, una por una, en sus ventajas y desventajas. “La solución ideal sería la que normalizara tanto los aspectos externos (el problema en sí) como los internos (las emociones que ha despertado el problema) pero la solución ideal no siempre está a su alcance”, precisa Marinoff. Por eso, lo esencial en este punto es recorrer mentalmente (y tantas veces como sea necesario) las posibles alternativas a seguir.

4- Contemplación: es una especie de “alto en el camino”, una pausa y distanciamiento en el proceso que permite mirar las cosas en perspectiva e integrándolas. Si antes se consideró por separado cuál era el problema, cuáles los sentimientos surgidos de él y cuáles sus posibles soluciones, ahora llegó la hora de “hacer trabajar el cerebro para integrar las partes. En lugar de detenerse en un árbol, se estudia el contorno del bosque.

Es decir, se tiene una visión unificada de la situación en conjunto. En este punto hay que considerar métodos, sistemas y enfoques filosóficos para abordar la situación”. Aquí es donde la asistencia de un consejero se vuelve más necesaria, ya que éste puede presentar a quien lo consulta distintos enfoques filosóficos (muchas veces incluso contrapuestos). Desde Maquiavelo hasta Hobbes, pasando por El libro de las mutaciones o algún texto de Martin Buber, las opciones son muchísimas y las sugerencias quedan a cargo del consejero de turno. A esto Marinoff lo denomina “biblioterapia” y, según dice, es una buena alternativa para ayudar a una persona a darle forma a sus propios pensamientos.

5- Equilibrio: este quinto y último paso es, en realidad, algo así como el corolario de todo lo anterior. Lógicamente, alguien capaz de haber establecido cuál es su problema, qué sentimientos le despierta, cuáles son las posibles soluciones para el mismo y cuál es la actitud a tomar frente a él, necesariamente sentirá que el equilibrio retornó a su vida. Por mucho que le haya costado llegar a una decisión, se sentirá en paz consigo mismo y estará seguro de estar haciendo lo correcto bajo esas circunstancias.



ESTO NO ES UNA MODA PASAJERA


Autor de Más Platón
y menos Prozac, Marinoff, es también el creador del movimiento de filosofía práctica en los Estados Unidos.
Lou Marinoff
Profesor de filosofía en el City College de Nueva York y presidente de la Philosophical Practitioner Association, Marinoff defiende su teoría frente a Para Ti.

– ¿Qué dice la gente frente a su propuesta?
–Básicamente les parece que tiene mucho sentido. En ciertas situaciones, una visión filosófica es lo más apropiado para el caso. La gente siempre necesita ayuda de una u otra clase, y cuando la filosofía les sirve, la usan.

–Algunas personas sostienen que su filosofía práctica no es más que “una moda terapéutica pasajera”. ¿Qué les responde?
–Que la filosofía es una “moda” con más de 2.500 años. Entonces, ¿es una moda pasajera o más bien una faceta perenne del ser humano? Además, recordemos que recién en los últimos cien años esta disciplina se volvió irrelevante para la vida de la gente común, cosa que antes no sucedía. Nosotros estamos devolviéndola a su lugar tradicional, que es de importancia.

–En Argentina existe una muy sólida tradición psicoanalítica. ¿Cómo cree que serán tomadas sus reflexiones en una tierra tan devota de Freud?
–En principio digamos que la filosofía es más antigua, más rica y más diversa que la psicología, además de contener reflexiones sobre los problemas humanos mucho más profundos. Por ejemplo: no hay nada en El malestar en la cultura, de Freud, que no haya sido dicho antes y hasta con más elocuencia por Thomas Hobbes en su Leviathán, que es de 1651. Entonces, si a los argentinos les gusta Freud, también pueden llegar a entusiasmarse con Hobbes…

–Pero, de todas maneras, habría muchas diferencias entre un enfoque y otro...
–Sí, desde luego. Básicamente, y a diferencia de la psicología tradicional, nosotros consideramos que la psicosexualidad es sólo una pieza del rompecabezas humano, no la totalidad. Otra diferencia pasa porque muchas veces el asesoramiento psicológico busca encontrar lo que está “mal” con el ser humano y lo presenta como una víctima de las fuerzas sociales, psicológicas y biológicas. Para la filosofía práctica, por el contrario, lo esencial es lo que está “bien” en cada uno de nosotros, y por eso el ser humano aparece como un agente activo y decisivo que es libre de reinterpretar su pasado, descubrir su presente e inventar su futuro.

FILOSOFIA PARA EL AMOR

“El filósofo Martin Buber divide las relaciones en dos tipos: Yo-Tú y Yo-Ello. La primera representa un intercambio mutuo entre iguales, mientras que la segunda se fundamenta en la propiedad y la manipulación (persona y objeto). Una relación de pareja necesita de interacciones Yo-Tú, pero a menudo tratamos al otro como si fuese una cosa y entramos en la dinámica Yo-Ello. Esto constituye un desequilibrio de poder que conduce al conflicto. La filosofía práctica indicaría revisar la relación con la pareja y tratar al otro siempre como persona, no como objeto”, propone Marinoff.


PLATON EN LA OFICINA
(o cómo lidiar con jefes difíciles)
“Una de las quejas laborales que oigo con más frecuencia es la de los jefes difíciles. Si usted trabaja bajo las órdenes de un jefe al que no soporta, una alternativa sería tomar una actitud filosófica y seguir los cinco pasos (ver nota central). Quizás tenga que tragarse la injusticia y desarrollar recursos interiores que contribuyan a hacerle una piel más gruesa o puede encontrar a alguien en su compañía o en su ámbito que le brinde cierta visión positiva de los hechos. Acuérdese de preguntarse a sí mismo: ‘¿Qué puedo aprender de esto?’. La respuesta quizás haga que la experiencia valga la pena”, sugiere Marinoff.

PALABRA DE ESPECIALISTA

"No se diferencia mucho de la terapia activa"
Por Norberto Inda (*)

“Jorge Luis Borges decía que para novedad, estaban los clásicos. Personalmente, adhiero a esta postura: los clásicos siempre son novedosos. Muchos dicen que todo lo que nos pasa ya lo pensaron antes los griegos. Y sin ir más lejos, el mismo Freud era una persona que leía mucha literatura clásica, mucho más que sobre psicofármacos. Pero hay que tener cuidado: a esta movida existencial no hay que darle carácter de novedad absoluta. Hay muchas tendencias que son puro márketing. Por otra parte, los cinco pasos que propone la filosofía práctica no se diferencian mucho de una psicoterapia activa: estar con la persona, analizar el problema y enfocar las emociones. Pero lo bueno es que apunta a desterrar la tendencia de medicar a lo loco. Si de algo sirve esta crisis de creencias que estamos viviendo es que algunos psicoanalistas podrán aggiornarse. En este sentido, la filosofía práctica podría convertirse en una narrativa alternativa, un nuevo posicionamiento frente a las cosas. Pero sin perder de vista que no hay ninguna verdad absoluta”.

(*) Psicólogo

SE LEE HASTA EN EL SUBTE

Fue el boom del verano pasado, de la primavera y de lo que va del invierno madrileño. Más Platón y menos Prozac es el libro que le gente lee hasta en el subte o colectivo. El primero que le dio popularidad sin ningún complejo fue Iñaki Urdangarín, el marido de la Infanta Cristina y yerno del Rey Juan Carlos. Cuando estaba en las Olimpíadas de Sydney, un periodista le preguntó que libros había llevado y él contestó: “Uno solo, Más Platón…”. Para entonces, el libro, que ya llevaba siete ediciones agotadas, duplicó sus ventas y ya va por más de cien mil ejemplares. En los últimos meses no hubo personaje famoso que no lo nombrara. Todos encontraron que aquello que aprendieron en la escuela contenía las claves para resolver los problemas de una manera sabia y doméstica. Las encuestas lo ubican entre el regalo navideño preferido en las últimas fiestas y entre los españoles que lo leyeron, su frase preferida es: “La filosofía enseña que lo inevitable se transforma en un aprendizaje para ser más feliz”.
Por Teresita Ferrari (Desde Madrid)
Texto: Quena Strauss
fuente: parati.com.ar

publicidad:

Frente a la angustia causada por un divorcio, la pérdida del trabajo o cualquier otra crisis personal, la psicoterapia y los antidepresivos no serían hoy la única solución. Una nueva tendencia, que se impuso en los Estados Unidos y Europa, sostiene que la filosofía práctica puede ser una alternativa válida para superar los malos momentos. El puntapié inicial lo dio el libro –ya best seller– Más Platón y menos Prozac. Aquí, las claves para adaptar el pensamiento filosófico a la vida cotidiana.

Qué tiene que ver Sócrates con la solución de un conflicto laboral o la pelea por un ascenso? ¿O Leibnitz mmmmm con una crisis de pareja? ¿O Epicuro con una pelea entre un adolescente y sus padres por un permiso para ir a bailar? “Mucho, muchísimo”, responden a coro los propulsores de lo que ha dado en llamarse filosofía práctica o filosofía existencial. Una especie de nueva disciplina para resolver conflictos, nacida en Alemania en los años ochenta, y que hoy cuenta con fanáticos (y opositores, para qué negarlo) en todas partes del mundo.

Según los primeros, las enseñanzas dejadas por los más grandes pensadores de todos los tiempos no sólo sirven para llenarse de polvo en los estantes de una biblioteca, sino que también pueden aplicarse a la resolución de conflictos cotidianos y hasta ofrecer una guía del buen vivir, de extraordinaria utilidad en los acelerados tiempos que corren.

Sobre todo teniendo en cuenta que, muchas veces, las respuestas que buscamos tanto para resolver los problemas de todos los días como para superar las grandes crisis de la vida parecen haberse escapado de sus lugares tradicionales. En efecto: ya no están dentro del confesionario de una iglesia, pero tampoco arriba del diván del psicoanalista, y menos aún adentro de un frasco de pastillas.

Frente a este estado de cosas, y conscientes de que la filosofía debía recuperar el lugar que alguna vez ocupó en la vida de los hombres, un grupo de especialistas europeos encabezados por Gerd Achenbach comenzó –a principios de los ochenta– a trabajar en el tema. Esto es, a considerar la posibilidad de que la filosofía volviera a ser, como lo fue en Grecia hace más de 2.500 años, algo útil para la gente común: un marco de referencia aplicable a las experiencias cotidianas.

En sólo diez años, la “movida filosófica” logró cruzar el Atlántico y llegar a los Estados Unidos, donde el experto Lou Marinoff (profesor de Filosofía en el City College de Nueva York y pionero de este movimiento en ese país) se dedicó a promover las ventajas de esta nueva propuesta y hasta escribió un libro sobre el tema: Más Platón y menos Prozac (Ediciones B), recién llegado a las librerías locales.

Semejante título (en una sociedad tan “pastillo-adicta” como la norteamericana) le puso los pelos de punta a más de uno y las críticas no tardaron en hacerse oír. Muchos psiquiatras calificaron a estos neo-socráticos de “peligrosos” y otros dijeron que sólo los animaba el interés económico, ya que para aplicar la filosofía a la práctica, conviene tener un “asesor filosófico”. Y si bien una hora de conversación con alguno de ellos no baja de los U$S 100 –menos que lo que cobra cualquier psicólogo de segunda línea en Nueva York–, lo cierto es que hasta ese momento muy pocos profesores de filosofía habían tenido un encuentro cercano con esta clase de billetes.

Otro grupo desestimó su trabajo tachándolos de “moda pasajera” (algo así como el último grito en materia de terapias), y hasta no faltó quien los acusara de haber reescrito la célebre frase de Descartes en su versión más miserable y mercantil: “Facturo, luego existo”.

Nobleza obliga, los nuevos defensores del aggiornamiento de la cultura griega tampoco se anduvieron con chiquitas a la hora de los agravios, y retrucaron que médicos, psicólogos y psiquiatras se oponían a sus propuestas por temor a perder su negocio millonario y en constante crecimiento. “Durante la década de los ochenta, los psiquiatras consideraban que uno de cada diez estadounidenses padecía una enfermedad mental.

En la década de los noventa, ya hablaban de uno cada dos. Pronto toda la población estará enferma, con la única aunque obvia excepción: los psiquiatras”, ironizaron. Pero más allá de toda la batería de críticas y descalificaciones hacia y desde esta nueva doctrina, lo cierto es que Marinoff (“una especie de Platón del Upper East Side”, según la prensa estadounidense) plantea en su texto una serie de críticas más que justificadas a esa concepción tan de moda hoy en día, según la cual todo lo que resulta difícil de comprender automáticamente se cataloga como “patológico” o recibe el nombre de síndrome. Y, obviamente, no todo lo que nos sucede tiene que ser visto bajo la lupa de la enfermedad ni necesariamente responde a un desequilibrio neuroquímico.

A veces se trata de otra cosa, y justamente por eso las soluciones tampoco pueden ser las mismas. “Ninguna pastilla hará que una persona se encuentre a sí misma, que alcance sus metas o que actúe como es debido. Y si la raíz de sus problemas es filosófica, no hallará nada en los estantes de la farmacia que le proporcione alivio duradero”, advierte Marinoff. “Además, tener problemas es normal y la congoja emocional no constituye necesariamente una enfermedad”, explica. “Las personas que luchan por hallar una manera de comprender y manejarse en un mundo que cada día es más complejo no tienen por qué verse etiquetadas con un trastorno, cuando en realidad lo que están haciendo es avanzar por caminos consagrados a la búsqueda de una verdad más satisfactoria”.


Para llegar a esa meta, el profesor propone una estrategia novedosa en apariencia pero antigua en esencia, ya que no es otra cosa que una versión “siglo XXI” del diálogo socrático. La idea básica es encarar un determinado problema mediante una conversación en la que se considere el dilema en sí, los sentimientos que éste nos genera y los pros y los contras de cada posible solución, hasta llegar a la respuesta que nos satisfaga.

Este recorrido bien se puede hacer con un amigo o con un interlocutor más profesional que, en este caso, se denomina “consejero, consultor o asesor filosófico”. ¿Y qué hace un consejero de este tipo? “Mi trabajo consiste en ayudar a las personas a comprender con qué clase de problema se enfrentan y, mediante el diálogo, desenmarañar sus componentes e implicaciones”, detalla Marinoff. “Les ayudo a encontrar mejores soluciones: un enfoque filosófico compatible con su propio sistema de creencias y, al mismo tiempo, en consonancia con principios de sabiduría consagrados que contribuyen a llevar una vida más virtuosa y efectiva”.

Cualquiera sea el caso, la idea es que hablando con un amigo o con un experto en el tema, uno esté en condiciones de enfrentar con serenidad y sin “muletas químicas” ni dependencias de otro tipo los desafíos que la vida le plantea a cada paso. No en vano la eventual intervención de un consultor o consejero filosófico suele limitarse a un par de entrevistas, centradas sobre todo en un conflicto actual, porque “nadie puede cambiar el pasado. El asesoramiento filosófico parte de estas premisas con el ánimo de ayudar a las personas a desarrollar formas productivas de ver el mundo y, por consiguiente, a trazar un plan general de actuación en la vida cotidiana”.

Un camino de cinco pasos

Para lograr esto, los consejeros filosóficos trabajan en base a un proceso de cinco pasos denominado P.E.A.C.E (“paz”, en inglés), a través del cual –aseguran– se puede llegar a establecer cuál es la solución más adecuada para cada inconveniente que nos toque enfrentar. Conviene recordar, no obstante, que no se trata de un sistema infalible, sino más bien de otra manera de enfocar los conflictos. ¿Cómo? Mediante un proceso que, al margen de lo novedoso que pueda parecer, en realidad es un antiquísimo método de toma de decisiones. Estas son sus cinco etapas:

1- Problema: consiste en caracterizar –de la forma más breve y clara posible– cuál es el asunto que nos preocupa o angustia en cada ocasión. A primera vista parece súper sencillo, pero la cuestión no siempre es tan fácil porque muchas veces el verdadero problema no resulta evidente. Por eso, aconseja Marinoff, conviene tomarse todo el tiempo que sea necesario para identificar y poder expresar con palabras cuál es el interrogante a resolver.

2- Emociones: este segundo paso remite a los sentimientos generados a raíz de un determinado problema. ¿Bronca? ¿Tristeza? ¿Miedo? Todo debe ser tenido en cuenta y expresado, ya que el éxito final depende en gran medida de nuestra sinceridad en este punto.

3- Análisis: en este tercer paso, uno enumera todas y cada una de las opciones con las que cree contar frente a un problema, para después analizarlas a fondo, una por una, en sus ventajas y desventajas. “La solución ideal sería la que normalizara tanto los aspectos externos (el problema en sí) como los internos (las emociones que ha despertado el problema) pero la solución ideal no siempre está a su alcance”, precisa Marinoff. Por eso, lo esencial en este punto es recorrer mentalmente (y tantas veces como sea necesario) las posibles alternativas a seguir.

4- Contemplación: es una especie de “alto en el camino”, una pausa y distanciamiento en el proceso que permite mirar las cosas en perspectiva e integrándolas. Si antes se consideró por separado cuál era el problema, cuáles los sentimientos surgidos de él y cuáles sus posibles soluciones, ahora llegó la hora de “hacer trabajar el cerebro para integrar las partes. En lugar de detenerse en un árbol, se estudia el contorno del bosque.

Es decir, se tiene una visión unificada de la situación en conjunto. En este punto hay que considerar métodos, sistemas y enfoques filosóficos para abordar la situación”. Aquí es donde la asistencia de un consejero se vuelve más necesaria, ya que éste puede presentar a quien lo consulta distintos enfoques filosóficos (muchas veces incluso contrapuestos). Desde Maquiavelo hasta Hobbes, pasando por El libro de las mutaciones o algún texto de Martin Buber, las opciones son muchísimas y las sugerencias quedan a cargo del consejero de turno. A esto Marinoff lo denomina “biblioterapia” y, según dice, es una buena alternativa para ayudar a una persona a darle forma a sus propios pensamientos.

5- Equilibrio: este quinto y último paso es, en realidad, algo así como el corolario de todo lo anterior. Lógicamente, alguien capaz de haber establecido cuál es su problema, qué sentimientos le despierta, cuáles son las posibles soluciones para el mismo y cuál es la actitud a tomar frente a él, necesariamente sentirá que el equilibrio retornó a su vida. Por mucho que le haya costado llegar a una decisión, se sentirá en paz consigo mismo y estará seguro de estar haciendo lo correcto bajo esas circunstancias.



ESTO NO ES UNA MODA PASAJERA


Autor de Más Platón
y menos Prozac, Marinoff, es también el creador del movimiento de filosofía práctica en los Estados Unidos.
Lou Marinoff
Profesor de filosofía en el City College de Nueva York y presidente de la Philosophical Practitioner Association, Marinoff defiende su teoría frente a Para Ti.

– ¿Qué dice la gente frente a su propuesta?
–Básicamente les parece que tiene mucho sentido. En ciertas situaciones, una visión filosófica es lo más apropiado para el caso. La gente siempre necesita ayuda de una u otra clase, y cuando la filosofía les sirve, la usan.

–Algunas personas sostienen que su filosofía práctica no es más que “una moda terapéutica pasajera”. ¿Qué les responde?
–Que la filosofía es una “moda” con más de 2.500 años. Entonces, ¿es una moda pasajera o más bien una faceta perenne del ser humano? Además, recordemos que recién en los últimos cien años esta disciplina se volvió irrelevante para la vida de la gente común, cosa que antes no sucedía. Nosotros estamos devolviéndola a su lugar tradicional, que es de importancia.

–En Argentina existe una muy sólida tradición psicoanalítica. ¿Cómo cree que serán tomadas sus reflexiones en una tierra tan devota de Freud?
–En principio digamos que la filosofía es más antigua, más rica y más diversa que la psicología, además de contener reflexiones sobre los problemas humanos mucho más profundos. Por ejemplo: no hay nada en El malestar en la cultura, de Freud, que no haya sido dicho antes y hasta con más elocuencia por Thomas Hobbes en su Leviathán, que es de 1651. Entonces, si a los argentinos les gusta Freud, también pueden llegar a entusiasmarse con Hobbes…

–Pero, de todas maneras, habría muchas diferencias entre un enfoque y otro...
–Sí, desde luego. Básicamente, y a diferencia de la psicología tradicional, nosotros consideramos que la psicosexualidad es sólo una pieza del rompecabezas humano, no la totalidad. Otra diferencia pasa porque muchas veces el asesoramiento psicológico busca encontrar lo que está “mal” con el ser humano y lo presenta como una víctima de las fuerzas sociales, psicológicas y biológicas. Para la filosofía práctica, por el contrario, lo esencial es lo que está “bien” en cada uno de nosotros, y por eso el ser humano aparece como un agente activo y decisivo que es libre de reinterpretar su pasado, descubrir su presente e inventar su futuro.

FILOSOFIA PARA EL AMOR

“El filósofo Martin Buber divide las relaciones en dos tipos: Yo-Tú y Yo-Ello. La primera representa un intercambio mutuo entre iguales, mientras que la segunda se fundamenta en la propiedad y la manipulación (persona y objeto). Una relación de pareja necesita de interacciones Yo-Tú, pero a menudo tratamos al otro como si fuese una cosa y entramos en la dinámica Yo-Ello. Esto constituye un desequilibrio de poder que conduce al conflicto. La filosofía práctica indicaría revisar la relación con la pareja y tratar al otro siempre como persona, no como objeto”, propone Marinoff.


PLATON EN LA OFICINA
(o cómo lidiar con jefes difíciles)
“Una de las quejas laborales que oigo con más frecuencia es la de los jefes difíciles. Si usted trabaja bajo las órdenes de un jefe al que no soporta, una alternativa sería tomar una actitud filosófica y seguir los cinco pasos (ver nota central). Quizás tenga que tragarse la injusticia y desarrollar recursos interiores que contribuyan a hacerle una piel más gruesa o puede encontrar a alguien en su compañía o en su ámbito que le brinde cierta visión positiva de los hechos. Acuérdese de preguntarse a sí mismo: ‘¿Qué puedo aprender de esto?’. La respuesta quizás haga que la experiencia valga la pena”, sugiere Marinoff.

PALABRA DE ESPECIALISTA

"No se diferencia mucho de la terapia activa"
Por Norberto Inda (*)

“Jorge Luis Borges decía que para novedad, estaban los clásicos. Personalmente, adhiero a esta postura: los clásicos siempre son novedosos. Muchos dicen que todo lo que nos pasa ya lo pensaron antes los griegos. Y sin ir más lejos, el mismo Freud era una persona que leía mucha literatura clásica, mucho más que sobre psicofármacos. Pero hay que tener cuidado: a esta movida existencial no hay que darle carácter de novedad absoluta. Hay muchas tendencias que son puro márketing. Por otra parte, los cinco pasos que propone la filosofía práctica no se diferencian mucho de una psicoterapia activa: estar con la persona, analizar el problema y enfocar las emociones. Pero lo bueno es que apunta a desterrar la tendencia de medicar a lo loco. Si de algo sirve esta crisis de creencias que estamos viviendo es que algunos psicoanalistas podrán aggiornarse. En este sentido, la filosofía práctica podría convertirse en una narrativa alternativa, un nuevo posicionamiento frente a las cosas. Pero sin perder de vista que no hay ninguna verdad absoluta”.

(*) Psicólogo

SE LEE HASTA EN EL SUBTE

Fue el boom del verano pasado, de la primavera y de lo que va del invierno madrileño. Más Platón y menos Prozac es el libro que le gente lee hasta en el subte o colectivo. El primero que le dio popularidad sin ningún complejo fue Iñaki Urdangarín, el marido de la Infanta Cristina y yerno del Rey Juan Carlos. Cuando estaba en las Olimpíadas de Sydney, un periodista le preguntó que libros había llevado y él contestó: “Uno solo, Más Platón…”. Para entonces, el libro, que ya llevaba siete ediciones agotadas, duplicó sus ventas y ya va por más de cien mil ejemplares. En los últimos meses no hubo personaje famoso que no lo nombrara. Todos encontraron que aquello que aprendieron en la escuela contenía las claves para resolver los problemas de una manera sabia y doméstica. Las encuestas lo ubican entre el regalo navideño preferido en las últimas fiestas y entre los españoles que lo leyeron, su frase preferida es: “La filosofía enseña que lo inevitable se transforma en un aprendizaje para ser más feliz”.
Por Teresita Ferrari (Desde Madrid)
Texto: Quena Strauss
fuente: parati.com.ar

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